La Historia Original

Teodor Kausel

"GRANITO"

 

Hace muchos años había en la escuela de Ingenería un singular estudiante. Sin ser genio ni mucho menos, avanzaba a buen tranco sin reprobar jamás un ramo. Pero lo que le hacía especial era su ambición inconfesada. Deseaba ser reconocido y recordado como un tipo excepcionalmente duro, quería ser roca y pasar a los anales de la escuela como el granito más duro del que se tenga memoria.

 

Pero en toda tarea de largo aliento que emprendiera iba perdido, tenía que lograr algo fulminante, espectacular. El recuerdo de Lu-Chen "El Luminoso", recordado ex-alumno, le inspiró. Lu aprobó en la cúspide de su gloria, nada menos que 148 U.D. libres de polvo y paja en un semestre. El superaría ese record, aprobando la friolera de 152 U.D. y a su paso sería aclamado por toda la facultad.

 

- Estás loco ?- fue la primera respuesta de sus amigos apenas les relató el proyecto. - Con su ayuda o sin ella lo voy a lograr -, respondió , -estoy decidido-, sentenció y los observó en silencio. Estos se miraron entre sí, le observaron y lanzaron al unísono una estruendosa carcajada.

 

-De acuerdo, estamos contigo-. De entre sus amigos estos eran los escogidos para integrar su estado mayor. Eran los tres más duros de su generación. Ellos deberían delinear la estrategia y organizar un verdadero ejército de colaboradores.

 

Para formarnos una idea de la magnitud de la tarea, tracemos algunas líneas. 152 U.D. significan no menos de 16 ramos, lo que da un total conservador de 80 pruebas y ejercicios, si el semestre dura en el más optimista de los casos 16 semanas, resulta que nuestro héroe debe rendir, si estuvieran uniformemente distribuídos, apenas cinco controles semanales.

 

Pobre Granito.

 

Hablemos algo de lo que fue aquella organización pro-record. La base estaba constituída por 18 alumnos aperrados de esos que van a todas las clases y lo copian todo entiéndalo o no, divididos en 16 titulares y dos reservas, capitaneados por el burro de carga más trabajador de todos, quien sería compañero de laboratorio III de nuestro héroe. Ellos mantendrían al día los cuadernos, registrarían fechas de controles y harían las tareas. Paralelamente y con el mayor sigilo fue formada la división de inteligencia. La formarían cinco de los más reputados vagos escogidos de entre lo mejor de el deportivo, las cafetas y los juegos electrónicos del frente. Ellos serían los responsables de asesorarle sobre las debilidades de cada ramo, sobre como aprobar con el mínimo esfuerzo. Obviamente era imposible estudiar para los 16 ramos. Junto a ellos habían sido reclutados un par de los más exaltados miembros del CEI para reclamar las pruebas, y la rubia más bonita de la escuela cuyo trabajo sería doble: obtener información de los auxiliares así como distraerlos, momento en que inteligencia deslizaría sus torpedos.

 

Se dotó por supuesto a Granito de una calculadora formidable, casi un PC compatible con cirujía plástica. Allí dentro le colocarían "ayudas de memoria". No olvidemos que en Ingenería las pruebas son en la práctica con apuntes para los que tienen calculadoras, ya que un ayudante puede revisar que no haya torpedos entre las hojas, pero como su propia calculadora está saturada de información, no tiene autoridad moral para andar revisando la memoria de la de los demás.

 

Los tres miembros de el estado mayor diseñaron el horario óptimo. No era posible otro mejor, este era la papa. Apenas 17 topes de horario, 14 dobles y tres triples, cuatro ramos inscritos sin requisitos previos y solamente dos pares de ramos con controles la misma fecha y hora. Total: cuatro boletines de inscripción. No vamos a detallar como se hizo para que el computador se tragara esa burla ni como la subcomisión de inteligencia C.A.L.V.O. (Convencer A La Voluntad Omnipotente) logró pillar al subdirector volando tan bajo como para que firmara la autorización. Pero se logró.

 

El día del primer control la primera aparición pública de nuestro héroe era esperada con ansiedad. El rumor de la hazaña que se emprendería se había extendido como reguero de pólvora y las mujeres le amaban sin conocerle. Los auxiliares apenas podían cerrar las puertas donde se agolpaban decenas de curiosos. Incluso en inusual actitud, el profesor de cátedra se hizo presente en la sala. A la hora señalada el hombre apareció de entre la multitud. Algo avergozado pero con la cabeza en alto lucía una polera con el logo de la campaña: "Granito, la más dura de las rocas". La multitud le aclamaba.

 

En un principio, aunque con algunos altos y bajos, la estructura funcionó bastante bien. Los tres duros explicaban por turnos la materia a Granito, la gente encargada de compilar la materia trabajaba a full y en los reclamos los asesores se habían hecho temibles, llegando al extremo atrevimiento de obligar los ayudantes a entender las respuestas antes de poner la nota. Pero las palmas se las llevó la rubia. La razón es obvia. Como todos saben el auxiliar típico es un alumno de cuarto o quinto aquejado del peor de los virus conocido:El Síndrome de Beaucheff. Bastaba que la niña hiciese amago de levantar el dedo para que los ayudantes se lanzaran haciéndose zancadillas entre ellos, tropezando con las sillas, corriendo sobre las mesas y pauta en mano responder a la consulta. Esta consistía en una tierna e inocente mirada y la sutil indicación con el dedo índice del número de la pregunta en cuestión, naturalmente previa indicación de Granito, quien sentado suficientemente cerca, escuchaba atento los torpes balbuceos del ayudante.

 

Pero obscuros y poderosos intereses comenzaron a moverse en torno a la epopeya de nuestro héroe.

 

Subterráneamente primero, abiertamente después, circularon apuestas sobre el éxito o fracaso de la empresa de Granito. En un principio el mercado estaba bastante escéptico, así que se apostaba tres a uno en contra. Pero a poco andar, se dio cuenta de que el hombre parecía podérselas, así que la cotización de las apuestas llegó a estar uno a uno. Pero al estado mayor nada se les escapaba. Comenzaron siguiendo con curiosidad esta cotización, más tarde se decidieron a intervenir. En los segundos controles bajaron intencionalmente el rendimiento de Granito, dejando algunas estratégicas lagunas en sus conocimientos. La avalancha de rojos obtenidos por nuestro héroe disparó la cotización de las apuestas, llegando hasta un máximo de 14 a 1 en contra.

 

En ese preciso instante los duros se apresuraron a apostar, a través de palos blancos, enormes sumas de dinero a favor del éxito. Ahora sólo tenían que apretar un poco a Granito para que aprobara las 152 U.D. y ganarían una montaña de dinero.

 

Después de los segundos controles nuestro héroe estaba desolado. Lo había dado todo de sí y no entendía como había fracasado tan estrepitosamente en esta serie de pruebas. Por primera vez dudaba del éxito. Pensó naturalmente, que después de este resultado sus amigos se sentirían defraudados y ya no querrían saber nada de él, sin embargo, para su sorpresa, fue precisamente en aquellos momentos amargos en que los sintió más cerca que nunca, siempre con una palabra amable en los labios, constantemente apoyándolo y trabajando junto a él con renovados bríos. - Sin ellos nada sería pensaba -. Granito no podía menos que agradecer hasta las lágrimas seme- jante demostración de la más pura, noble y desinteresada amistad.

 

Pero las cosas empezaron a ir mal. Nuestro héroe empezó a evidenciar los primeros signos de desgaste. Al principio era sólo un ligero temblor periódico en el cuello al resolver las preguntas difíciles de las pruebas, luego, al pasar las semanas, el tic nervioso se hacía más y más perceptible.

 

Granito empezó a bajar de peso, a encorvar los hombros y las ojeras pasaron a ser parte de su rostro. Su mirada se iba vaciando, hasta que sucedió lo inevitable: un día, en medio de una prueba nuestro héroe quedó completamente en blan- co. Fue esto durante un control particularmente tenso, precisamente el penúltimo antes de los exámenes finales. Uno de los ayudantes advirtió que Granito había mantenido la vista clavada al frente por horas sin hacer prácticamente ningún movimiento. Se acercó a él y le tocó el hombro suavemente. - Todo bien ?-, preguntó. Nuestro héroe permaneció en silencio sin emitir respuesta alguna.

 

La primera imágen de Granito al recobrar la conciencia fue el el rostro de uno de sus tres amigos como visto a través de un ojo de pescado. Entre éste y el ayudante le habían sacado de la sala para que respirara un poco. - No te preocupes amigo -, le dijo, - te voy a llevar a casa -, acto seguido sacó un par de tabletas de una caja que llevaba en el bolsillo y se las puso en la boca, - Pero antes trágate esto, te hará bien -. Grani- to obedeció sin chistar y su cabeza fue cayendo lentamente sobre los hombros hasta quedar completamente dormido.

 

Al ver que Granito estaba en el borde de sus fuerzas, los tres duros vieron peligrar el plan. Resolvieron darle algunos días de descanso. Los vagos de inteligencia consiguieron un talonario de certificados del SEMDA timbrado y a un alumno de derecho de primer año que se encargaba de escribirlos y firmarlos . Pero Granito, a pesar de todo parecía ya no responder. Se había vuelto inmune a la cafeína, pues caía dormido en medio de las explicaciones a pesar del verdadero ulpo de café y azúcar que le hacían tomar. Sus amigos se vieron entonces obligados a usar constantemente estimulantes más y más fuertes, como única manera de hacerle llegar a los exámenes.

 

A esas alturas la rubia abandonó el equipo. Le había tomado gran cariño a Granito. Y si bien este desafío lo había en- frentado como un juego, nunca pensó que lo vería consumirse de semejante forma. Definitivamente el juego ya no tenía ninguna gracia. Temía por su suerte.

 

- Por favor escúchame ! -, le dijo la niña , tomándolo por las solapas y empujándolo contra la muralla a la salida de una prueba. - Este desafío dejó de ser una broma, para por favor, te está matando. !- . Nuestro héroe la miró con ojos vacíos, sin atinar a nada, trató incluso de decir algo, pero sus labios apenas temblaron, mientras vaía una lágrima surcar la mejilla de la niña. - No sé qué vas a hacer, pero hasta aquí llego yo !-. La rubia giró rápida su hermosa cabellera y se fue sin volver la vista atrás. Granito la miró alejarse con gesto inexpresivo, se llevó las manos a la cara y su espalda fue resbalando lentamente por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Allí se quedó por horas.

 

El auxiliar del ramo, que pasaba por casualidad frente a la sala donde había rendido el control nuestro héroe, se sorprendió al encontrarlo tan tarde, aún sentado frente a la puerta. Le reconocía, aunque no precisamente por haberlo visto en su clase. Sabía que este era el loco que estaba tratando de aprobar como ciento cincuenta unidades docentes, lo que, por lo demás, le parecía una total falta de seriedad, por lo que, aunque en lo personal no tuviera nada en contra de nuestro héroe, nada haría para facilitarle las cosas. Al sentir la presencia del auxiliar, Granito levantó lentamente la cabeza. Desde el primer instante que le tuvo en frente, a principio de semestre, supo que este pajarraco pomposo de cuello y corbata que hacía de profesor, podría traerle problemas. Al cruzarse las miradas, le saludó con un casi imperceptible asentimiento de la cabeza, mientras sus ojos, a pesar del cansancio, no ocultaban un gesto de rebelde desafío. El auxiliar respondío al saludo levantando las cejas, luego desvió la mirada y continuó su marcha, sintiendo de alguna manera, que cautelar la seriedad de su ramo pasaba a ser ahora, algo un poco más personal.

 

... ...

 

Casi exactamente un año después , cuando caía la noche so- bre la ciudad con un claro presagio de lluvia, caminaba una figura solitaria por un costado del Parque Forestal. Metros más allá, en el cauce hostil de la calle, los autos iban encendiendo sus focos. Pocas parejas quedaban ya sobre esos bancos inmemoriales, a lo más se veía uno que otro transeúnte que apretaba el paso y se ceñía la bufanda en un esfuerzo final por alcanzar la tibieza del hogar.

 

El viento arrastraba unas hojas al vuelo, casi como un presagio. Granito las veía levantarse, girar en la corriente y luego caer más allá, para levanterse o pegadas al suelo tan sólo vibrar ligeramente con la siguiente brisa.

 

Hoy era un año más viejo que entonces. Y recordaba. A través de la bruma de lo que pudieron haber sido mil años, le venían a la memoria lo que fueron aquellos días extraños. Recordaba a esa preciosa rubiecita que derramó una lágrima por él y que más tarde, cuando todo hubo concluido, le acompañó unas horas en silencio. Ahora se cruza con ella de vez en cuando por la escuela, intercambian el típico saludo, e incluso a veces algunas palabras casi protocolares, pero es la comunicación clásica de dos personas que ya nada tienen que decirse.

 

Granito sintió en su rostro las primeras gotitas de agua, levantó las solapas de su abrigo, se llevó las manos al bolsillo y continúo su marcha por el parque sin rumbo determinado. Desfilaban por su mente la imágenes de aquellos que pacientemente, clase a clase,registraban las materias y le hacían las tareas. Qué paradoja, muchos de ellos terminaron aprobando más unidades docentes que él. Se los encuentra en ocasiones por los pasillos de la escuela, pocos le saludan ya.

 

Con sus tres amigos, aquellos duros, se junta aún. Se toman sus cervezas de cuando en cuando. Pero ya nada es igual, algo está forzado. Están inmersos en sus respectivas carreras, en sí mismos. En cada conversación, no importa el tema, volvían siempre, inconcientemente, a hablar de la escuela, aunque por acuerdo tácito evitan rigurosamente cualquier alusión al desafío intentado un un año atrás.

 

La hazaña de nuestro héroe había fracasado definitivamente. En su memoria se extiende sólo una bruma gris tras el sexto exámen y después de eso la nada, la profunda nada de una noche sin sueños.

 

El viento soplaba con más fuerza moviendo a su alrededor las ramas viejas de los árboles. En medio de un claro Granito detuvo sus pasos, untó sus manos tras la espalda y levantó la vista. A modo de epílogo venía ahora a su mente la imágen de aquel auxiliar de cuello y corbata. Los ecos de las palabras que pronunció cuando todo hubo concluído, resonaban en ráfagas entre el vaivén de las ramas y las inflexiones del viento: - ...olvídalo amigo esa esa especie de heroísmo tuyo o sirve para nada, lo que la escuela te exige es seriedad y constancia...-, -...nadie te pide que destaques, nadie te pide crear nada, con ochenta personas en una sala la idea es escuchar, aprender y aprobar si se puede...-, -...Si te sales de la pauta, te vas de dos, si, en cambio, vives todo el día en la escuela atento de la ayudantía clave y a la fecha de los reclamos, tienes por menos un punto más en el promedio. Aunque parezca injusto no lo es, porque lo que importa es la dedicación...- -...en la vida profesional resulta preferible el tipo que va todos los martes a clases de 6 a 9, que el individuo que resuelve las preguntas difíciles de las pruebas, pero ignora la resuelta textualmente en clase auxiliar...-, - ...amigo, en el fondo el camino es tan simple, por qué esa manía de complicarlo...-.

 

Granito comprendía. Reconocía lo infantil y distante de sus viejos sueños de gloria. Hoy un año después, inscribía los ramos correspondientes, asistía rigurosamente a clases y aprobaba sin gloria ni sobresaltos. Se sentía más serio y maduro, pero esa mirada de profunda rebeldía de la que fue capaz un día, había muerto para siempre.

 

Las gotas marcaban trazos oblicuos iluminados a contraluz por los faroles. Tímidas en un principio, se descargaban ahora con creciente fuerza. Más allá, en la calle, uno que otro automóvil, pero el las largas cuadras del Parque Forestal, nadie había. Ni palomas, ni perros vagabundos. Sólo una figura solitaria y fantasmal que emprendía el retorno a casa.